Viajantes del pasado regresan a su destino. Maletas pesadas cargadas de dolor. Fantasías en blanco y negro que nunca se harán realidad. Guardas un millón de lágrimas. No las pierdas. Llegará el día en que saldrán una a una por tus ojos ciegos.
Trenes destartalados que no llevan a ninguna parte. Desconocidos que te miran sin césar.Inquietos. Inmóviles. Llevan escrito su destino en sus pálidos rostros. Y se ríe de ellos. No se librarán de él. Tú tampoco. Dolor que nunca termina. Dolor que nunca cambia. Te aferrarás amargamente a tus recuerdos felices si es que te queda alguno. No tendrás miedo. Ya lo tienes. Destino común para la ingente cantidad de mortales que pasan por este teatro en ruinas. Aquí es donde todo acaba.
Volaban alto aquel día. Más de lo habitual. Empezaron pronto y continuaron su viaje durante días y semanas. Sin parar. Volando y volando y sonriéndole al destino. Quisieron robarle tiempo a la vida. Lo hicieron. Fingieron sentir una eterna primavera y de vez en cuando alguna que otra lágrima les caía por sus mejillas. En compañía. Volvían a su niñez siempre que lo deseaban. Farolillos encendidos y faldas con volantes. El verano sucedía una vez al mes. Cantaban canciones felices que les recordaban porque habían decidido volar. Una eterna juventud atrapada en una fotografía y miles de acordes acompañándolos en un sinfín de ceremonias. Flores. Entre tanto manos cogidas y sonrisas. Sonrisas difuminadas en algo que nunca llegaría a suceder. Aquello que pudo ser y nunca fué.
Una luz de neón a medio gastar, debajo, un travestí recauchutado envuelto en un abrigo de pieles falsas y enjoyado con la más alta bisutería.
Hoy se siente bien. Hoy va a cantar bingo.
Empieza a beber su primer gin-tonic sin importar que sean las 10 de la mañana, sin importar los murmuros de su alrededor pues ya se acostumbró al llegar a la ciudad; descubriendo las dos caras de la moneda, descubriendo el falso frenesí de los ochenta, descubriendo la libertad y el libertinaje, descubriendo la marginación y la intolerancia.
Ella se ha hecho dura. Ella es una mujer de bandera.
A su lado un play-boy venido a menos, la mira con ojos de deseo y mientras le mira las tetas recuerda tiempos mejores, cuando aún las palpaba sin aporte monetario.
Él sigue llevando pantalones de campana. Él se arrepiente de su vida.
Pensaba que siempre iba a ser atractivo, era su único sustento, sin estudios y sin dinero cada día se desplazaba con su chulería del extrarradio a los barrios bien estantes para cazar a alguna millonaria mal follada en busca de cariño.
Y mientras tanto observo la sala, como si de un cuadro se tratase, imagino sus vidas, que son más reales que las que les tocó vivir, apasionada con sus historias me sumerjo en la siguiente.
Un gitano de pies a cabeza, con sombrero incluido, no tiene más de veinticinco años y ya se está dejando la vida, la pasta y la dignidad en una ruleta trucada, cantando y soltando gilipolleces por su boca intenta impresionar a la gitana de turno, que no tiene más de quince años.
Necesita casarse o ninguno la querrá. Quiere seguir la tradición de la familia.
Me estremezco, y me doy cuenta que la decadencia tiene su punto bello, su punto sublime y es por eso mismo dura y amarga. Es ley de vida.